De reyes, camarones y malas traducciones

De reyes, camarones y malas traducciones

Había una vez un rey llamado Willem-Alexander, quien visitó tierras mexicanas. El monarca holandés fue recibido por altos funcionarios del país en una ceremonia seria y elegante. Fue en 2014 cuando asistió a una conferencia donde se discutió el importantísimo tema de la energía renovable. Después de dar un discurso ejemplar, el rey remató su participación con un refrán conocidísimo: “Camarón que se duerme, se lo lleva la chin****”, o al menos así lo aprendió. Seguramente, se trató de un chiste que alguien le dijo y, al parecer, nadie tuvo la consideración de explicarle que se trataba de una versión vulgar. El rey se convirtió en el hazmerreír de la reunión [1].

Pero no todos los desatinos en la traducción y la interpretación salen tan bien librados. Las empresas que descuidan esa parte esencial de la comunicación con sus clientes a menudo deben pagar el precio que implica no contratar un servicio de calidad. En un mundo globalizado, las redes sociales, las páginas de internet y el trabajo con compañías internacionales ha hecho que la traducción y la interpretación sean actividades imprescindibles para el éxito y la competencia de un negocio. Por ello, el asunto no debe tomarse a la ligera; la reputación y la imagen de las empresas están en juego cuando la comunicación interlingüística falla o, simplemente, no se cuenta con la calidad necesaria. Como prueba está el ejemplo de la corporación japonesa Sharp, quien aprendió la lección de manera bochornosa cuando, en 2012, una traducción literal puso en duda la capacidad de la empresa para asegurar el éxito de sus inversionistas [2]. Fue necesario enmendar su error mediante un comunicado en el que ya nadie confió.

El tema de los gastos que conllevan las malas traducciones es tan relevante, que la Unión Europea ha publicado estudios donde concluyen que “el costo de un texto mal traducido o mal redactado en términos de imagen no puede cuantificarse, pero debe tomarse muy en serio: los textos poco claros y ambiguos toman más tiempo para comprenderse y corren el riesgo de malinterpretarse” [3]. Es evidente que la expansión y la presencia de una empresa dependen de la imagen que proyecta, y ésta se construye mediante los textos que se publican.

Pensemos, por otro lado, en la mala ortografía, la redacción pésima y la negligencia en la presentación de una compañía. ¿Invertirías en alguien que no sabe escribir? Lo mismo sucede a gran escala. Por eso es tan importante buscar la mejor opción. Las agencias de traducción son la alternativa perfecta, pues filtran el talento y las condiciones necesarias para ofrecer un servicio superior. Cuántas veces hemos escuchado que un conocido puede traducir porque “habla inglés” o que “cualquiera que hable otro idioma puede hacerlo”. Este pensamiento, tan arraigado, es el origen de los problemas que terminan costando tiempo y dinero a las empresas. La realidad es que la actividad traductora e interpretativa se basa en estrategias y habilidades en las que los profesionales han invertido años de experiencia y aprendizaje. No, no cualquiera puede traducir o interpretar. Los negocios que le apuestan a un servicio de traducción profesional para cuidar sus documentos o sitios de internet proyectan una imagen profesional que se convierte en el rostro de la compañía, su carta de presentación. Recordemos, pues, al rey Willem y no dejemos que a las compañías se las lleve la corriente.

 

 

Referencias y fuentes consultadas

 

[1] https://www.youtube.com/watch?v=HS3RMV50ud4

[2] http://blogs.wsj.com/japanrealtime/2012/11/05/sharp-statement-lost-in-translation/

[3] European Comission. Studies on Translation and Multilinguism: Quantifying Quality Costs and the Cost of Poor Quality in Translation. Luxembourg: Publications Office of the European Union, 2012. Web.

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