Tradúceme si puedes

Tradúceme si puedes

Es el verano de 1963 en Nueva York, y Frank Abagnale, quien se convertiría en uno de los estafadores más célebres de todos los tiempos, se alista para realizar su primer crimen. Sólo quiere un poco de dinero para ir a un buen restaurante con su novia, y su padre, quien le regaló una tarjeta de crédito exclusiva de las tiendas Mobil, pareció la víctima perfecta. Se arregló con el empleado de una franquicia para que le vendiera productos pero, en vez de dárselos, le entregase el equivalente en efectivo: “Si me cobras unas llantas, me das 100 dólares, pero no me las entregas. Mi papá pagará la tarjeta mientras tú las vendes y te quedas con el total”. Durante los siguientes seis años, Frank engañaría a la gente haciéndose pasar por piloto, profesor, doctor y abogado. También ganaría millones de dólares fabricando cheques y ejecutando fraudes bancarios. Pero en ese entonces, cuando estafó a su padre, tan sólo tenía quince años [1].

Por desgracia, no cualquiera tiene las habilidades y el talento necesario para timar a tantas personas en tan poco tiempo y de maneras tan diversas. En realidad, quienes hacen labores para las que no están capacitados no tienen tanto éxito. Los traductores improvisados son un claro ejemplo de eso, y los profesionales de la traducción saben muy bien lo que significa enfrentarse a un campo laboral en el que “el primo que sabe inglés”, “la chica que viene de Francia” y “el conocido que viajó unos años por Europa” pueden considerarse iguales a quienes han pasado por una preparación académica seria. Sí… en la vida diaria hay muchos mini Frank Abagnales, haciéndose pasar por traductores.

La raíz del problema podrían ser las ideas equivocadas que la mayoría de las personas tienen en torno a la traducción. La más obvia es pensar que cualquier hablante de un idioma extranjero puede traducir. Si bien es cierto que la competencia total en la lengua de origen es básica para el ejercicio de la traducción, ésta conlleva otro tipo de conocimientos avanzados que sólo se obtienen mediante su estudio o después de muchos años de práctica profesional. Hay una infinidad de detalles que deben cambiarse al redactar en dos idiomas diferentes, desde la sintaxis hasta la puntuación; no cualquiera sabe, por ejemplo, que en muchos casos el uso individual del guion largo en inglés (⎯) se traduce al español como dos puntos y seguido, o puntos suspensivos, según corresponda. También se vuelve esencial saber en qué casos puede hacerse una traducción más fiel y literal, pero en qué otros es mejor elegir alternativas que no hagan el texto de llegada extraño y pesado (como sucede con la inclusión de falsos cognados, por ejemplo). En otras palabras, el traductor siempre debe preguntarse: “¿Así se dice esto en la lengua meta o se trata de un calco?” Por ello, las compañías más importantes piden que el profesional traduzca siempre del idioma que domina a su lengua madre, y jamás a la inversa. El traductor también debe conocer a profundidad los diferentes registros, dialectos y particularidades del texto fuente, para así reproducirlas de la mejor forma posible en el escrito que presentará. Además, con tal de lograr un resultado profesional y competente, el traductor debe haber estudiado ambas lenguas de manera comparativa para solucionar los problemas de comprensión y expresión que se presenten. Por si eso fuera poco, cada traductor necesita cometer errores y seguir aprendiendo en el campo de trabajo real, lo cual implica años invertidos en el aprendizaje y el dominio de la traducción como práctica, después de pasar por una preparación teórica. Hablar uno o varios idiomas extranjeros puede ser útil para obtener mejores empleos, ser turista, conocer otras culturas y presumir en las fiestas, pero cuando se trata del ejercicio profesional de la traducción, sólo quienes estén calificados para realizarlo podrán cumplir con las exigencias del mercado.

Afortunadamente, la calidad de una traducción siempre será la mejor muestra de la preparación del traductor. Los errores de redacción, la mala comprensión de lectura y la falta de destreza lingüística resultan en un texto pobre, improvisado y deficiente. Los impostores son fáciles de distinguir, y hasta los mejores estafadores caen, como Frank Abagnale, quien fue atrapado por la policía francesa después de asumir más de cinco identidades diferentes en varios países europeos. Luego de pasar un tiempo en Francia, fueron las autoridades suizas quienes los deportaron a Estados Unidos, donde cumplió una condena de casi cinco años. El gobierno decidió liberarlo a cambio de que trabajara para ellos. Actualmente, dirige una consultoría de fraudes financieros y sigue trabajando para el FBI. Sin embargo, un escritor fantasma fue quien redactó su biografía Atrápame si puedes (y Leonardo DiCaprio fue quien lo interpretó en la película que lleva el mismo título); eso nos dice que hasta los mejores simuladores necesitan a los profesionales para realizar algunos trabajos.

 

Fuente

[1] https://www.awesomestories.com/asset/view/THE-FIRST-CON-Catch-Me-If-You-Can

Post A Comment